jueves, 20 de mayo de 2010



LA PARROQUIA SANTA JULIA
DEL BARRIO  PORTEÑO DE CABALLITO

  

          A fines del Siglo XVIII y principios del XIX, comenzó en la zona que corresponde a la actual plaza Primera Junta, el fraccionamiento de pequeñas quintas, cuyas dimensiones oscilaban entre una y diez hectáreas. Llegaban por entonces los primeros inmigrantes, y uno de ellos, D. Nicolás Vila, ingresado al país en 1813, compró un lote de terreno sobre el camino real del oeste, (actual avenida Rivadavia). En ese amplio terreno edificó una casa que se denominó “esquina del caballito”, en la actual Rivadavia y Emilio Mitre, origen del nombre del barrio.
 
         La historia narrada por  Teodoro Vila, hijo de D. Nicolás, la publicó en 1904 “El Heraldo del Oeste”, periódico de circulación local, de allí la tomó y difundió el tradicionalista Manuel Bilbao.
 
         Recordaba Teodoro Vila que cierto día, habiendo ido su padre a un corralón en el que compró una ballenera vieja, la desarmó, y con los tablones de la obra muerta construyó su casa.  Hizo un palenque, que ubicó en la misma esquina, y en el ángulo de ese palenque clavó el palo de la embarcación, en cuya perilla colocó, como en aéreo pedestal, el célebre y auténtico caballito de latón de hierro que existe; y hoy  conserva, el Museo Histórico de Luján. 
 
         La construcción erigida por el Sr. Vila con la intención de que funcionara como pulpería y posta para el recambio de las caballerías que circulaban por el camino real del oeste, era muy reconocida también por los “ravioles” que D. Nicolás preparaba los domingos.

 
         La veleta se comenzó a utilizar como referencia geográfica, “antes del caballito”, “pasando el caballito” etc. y así se fue divulgando el nombre que terminó por identificar a todo un vecindario.
        

          Este predio formado por  Rivadavia, Polvorín, Provincias Unidas y Tres Angelitos (las actuales avenida Rivadavia, Emilio Mitre, avenida Juan Bautista Alberdi y Víctor Martínez) cambia de manos  en varias oportunidades. Su propietario era el doctor José Víctor Martínez Maderna (1823 – 1901); abogado; jurisconsulto; diputado a la Legislatura de Buenos Aires en 1852, 1855 y 1863, senador en 1868, ministro, presidente de la Suprema Corte de Justicia, director del Banco de la Provincia –entre otros cargos- todos los ejerció “ad  honorem”. Dono a la Arquidiócesis la manzana en la que hoy se erige el templo de Santa Julia y en cuya esquina sudeste de Rivadavia y Emilio Mitre se alzaba la veleta  del caballito.
 
          Zona semirural con quintas, caballerizas, hornos de ladrillos y muchos terrenos baldíos, era un lugar que crecía al impulso del ferrocarril -que llegó en 1857- y de las oleadas inmigratorias europeas, en especial las que provenían de las diversas regiones de Italia.

 
           El 2 de septiembre de 1903 se colocó la piedra fundamental del templo en el terreno cedido. Se estableció que tendría como celestial patrona a  Santa Julia pues fue intención del donante, homenajear  a Da. Julia Gamboa de Martínez, su esposa. 



Fueron los padrinos de este acontecimiento el entonces presidente de la Nación, teniente general D. Julio Argentino Roca y el doctor Mariano Rufino Martínez Gamboa. Las madrinas fueron la Sra. Julia Sabina Gamboa vda. de Martínez y Da. Emilia Noel de Ramos Otero.   

 

           El martes 8 de septiembre de ese año, el arzobispo de Buenos Aires monseñor Mariano Antonio Espinosa, bendijo la piedra fundamental y  un año después,  el domingo 2 de octubre de 1904, el mismo prelado procedió a la bendición del nuevo templo. Apadrinaron la ceremonia Da. Julia Gamboa vda. de Martínez, Da. Emilia Noel de Ramos Otero, el doctor D. Mariano Rufino Martínez y D. Carlos Eduardo Martínez, hijos estos dos últimos del doctor Víctor Martínez. 


          Da. Emilia Noel, de nacionalidad uruguaya, fue hija del francés Carlos Noel, fundador de la fábrica de dulces Noel en nuestro país, era viuda de Ignacio Ramos Otero, con quien había casado el 27 de noviembre de 1864.
          Por auto pastoral del 28 de octubre de 1904 se le asignó la categoría de vice-parroquia con dependencia de la de San Carlos; el 18 de enero de 1913, monseñor Espinosa la erige en parroquia.




EZEQUIEL MARTINEZ MADERNA
"UN  JUEZ  DE  PAZ  CAUTIVO  DE  CATRIEL" (*)

 
 
   Nuestro relato se ubica en Tapalqué (o Tapalquén), el heroico fortín de la frágil línea que trazara Rivadavia en 1826 para tratar de contener el peligroso avance de las indiadas que devastaban las incipientes poblaciones y estancias que se aventuraban en el desierto.
 
   Desde su fundación, hasta el 30 de agosto de 1876, fecha del último malón que asoló la comarca, su historia está jalonada de hechos sangrientos que conmovieron  tanto a la opinión pública como a las autoridades, cuyos recursos y resoluciones resultaban –sino estériles casi siempre tardías e insuficientes: lo que era aprovechado por los audaces caciques para consumar sus fechorías. La conquista del desierto no fue, como se sabe, fácil ni rápida, sobre todo en la región que nos ocupa, y es interesante y recomendable la lectura de la muy documentada historia de Tapalqué (voz araucana de diferentes acepciones) para los que gusten ahondar estos episodios de la dura vida de los fortines que luego se transformaron en pueblos progresistas.
 
   La historia que esbozaremos es verídica, y las sutiles discrepancias que existen entre la tradición escrita por prestigioso vecino de Dolores don Pedro M. Flores, dilecto amigo del protagonista de la aventura, y la mención formal y documentada de don Ramón Rafael Capdevila en su libro sobre Tapalqué, no invalidada para nada los lineamientos de este episodio de la lucha por la civilización en el extenso territorio bonaerense, que da la pauta de la osadía a que habían llegado los astutos caciques que asolaban la región.
 
   Aquí permítaseme una acotación para destacar la importancia que tenía en aquella época la figura y el cargo de Juez de Paz. Era la autoridad suprema, mandaba al comisario de policía y hasta entendía en juicios criminales. No olvidemos que Carlos Tejedor escribió al efecto, en 1861, un manual para dichos funcionarios.
 
   De ahí tal vez, como veremos, la violenta reacción de nuestro protagonista en la emergencia, al verse atropellado en sus fueros y persona por un puñado de indios.
 
   Después de la caída de Rosas se procedió a renovar la Justicia de Paz en todas las jurisdicciones, y después de otro funcionario, se designó para Tapalqué, en 1854, a don Ezequiel Martínez, hombre dinámico y decidido que sería protagonista de hechos realmente notables.
 
   Su acción se encaminó inmediatamente a realizar gestiones ante el gobierno para tratar de que el incipiente pueblo fuera cambiado de lugar, hacia la punta del arroyo del mismo nombre; tramitación que fue bien recibida y tuvo el consabido éxito.
 
   Así las cosas, en los primeros días del mes de mayo de 1855 Martínez y otros  ciudadanos viajaban en una tropa de carretas, cuando fueron rodeados y amenazados por indios.
 
   Este, al parecer, en el entrevero, y en un arranque de indignación mató a un salvaje de un pistoletazo. Lejos de intimidarse, los bárbaros a su vez se cebaron en algunos de los cristianos de la comitiva, matando a cuatro de ellos y llevándose prisioneros al juez de paz y a los vecinos que lo acompañaban de apellidos Delgado, García y Saavedra; pudiendo salvar la vida otros cinco, picadores de las carretas, escondiéndose entre los pajonales. Luego del saqueo consabido de los carruajes, Martínez y sus compañeros fueron conducidos a través del desierto a lejanas tolderías.
 
   Antonio G. del Vall, en “Recordando el pasado” (Campañas por la Civilización), dice al respecto: “El Juez de Paz señor Martínez fue llevado cautivo por los indios, juntamente con un muchacho Antonio Galeano y otros, residiendo algún tiempo en los toldos de los indios chilenos hasta que lograron fugar: llegando a Valdivia y de allí siguieron hasta atravesar la cordillera, viniendo a la provincia de San Juan, y más tarde a Buenos Aires.
 
   “Muchos años después hemos conocido en la ciudad de Dolores al señor Martínez, jefe de conocida y honorable familia de ese apellido en dicha localidad”.
 
   Según don Pedro M. Flores, fueron puestos bajo custodia del lenguaraz de Calfucurá, Mariano Molina, conocido como el indio Molina. Una noche, Delgado, hombre de confianza de Martínez, amparándose en las sobras, pudo fugar y comunicar a la madre de este que todos estaban vivos y desvirtuar los rumores que circularon desde los primeros momentos del secuestro de que los prisioneros habían sido pasados a degüello.
 
   Se sucedían así las jornadas de duro cautiverio; las gestiones oficiales y oficiosas para la liberación de los importantes prisioneros se dilataban. A pesar del interés demostrado por el ministro de guerra Bartolomé Mitre y del gobernador Pastor Obligado, que debieron acudir a cartas, obsequios y demás prebendas, entre ellas, chinas prisioneras, para lograr su cometido.
 
   Según Capdevila el cautiverio se prolongó por dos meses y Martínez fue puesto en libertad cuando a Catriel – frío y calculador – le convino.
 
   Por el contrario, don Pedro M. Flores epiloga su relata en forma más novelesca y aventurera, contando que un día Exequiel abordó a Molina para decirle, sin ambages, que lo salvara, a lo que el lenguaraz respondió, mas o menos así:
 
   –Yo lo haría señor, pero ante todo es necesario que usted me salve también, no solo a mí sino a mi mujer y mis hijos, porque de otra manera, al huir nosotros dos y dejarlos a ellos, al otro día los degollarían a todos. Además, en caso de salvarnos, espero que usted. nos proteja en el futuro.
 
– Se lo prometo –, contestó don Exequiel – puede usted estar tranquilo.
 
   Molina preparo todo para la fuga, que, sin pérdida de tiempo, debía verificarse esa misma noche. A tal fin apartó buena caballada, eligiendo la mejor, que el conocía perfectamente. Realizados los simples preparativos salieron sigilosamente amparados por la oscuridad de la noche, marchando en la siguiente forma: don Exequiel traía por delante, en el recado, una indiecita, y además, otra en el anca, la mujer de Molina llevaba otra chica, a la cuarta, le hicieron con paja unos bastos para armarle un recado y la ataron con un maneador en él, cabalgando en un petizo que era hijo de la yegua madrina y que por estas circunstancias lo seguía. El indio Molina iba adelante del grupo arreando la tropilla y cuando los caballos empezaban a aflojar, los cambiaba inmediatamente, siguiendo así, sin pérdida de tiempo, a un paso muy rápido. De ese modo marcharon durante cuatro días y cuatro noches, sin descanso y aún sin comer, hasta el amanecer del último día. Molina hizo alto para reunirlos a todos luego apeándose, se inclinó y besó el suelo en acción de gracias al Todopoderoso que los había salvado, dirigiéndose a don Exequiel, le dijo:  
 
   – Pisamos tierra de cristianos, estamos salvos.
 
   Emocionado, el señor Martínez lo abrazó, y la india y sus hijas abrazaron y besaron a su vez a don Exequiel. Enseguida, el indio y el cristiano encendieron un yesquero para prender y fumar pacíficamente un cigarro.
 
   No sabemos desde que punto fijo habían partido, pero sin duda, la toldería debería encontrarse muy distante, recostada del lado de la cordillera, pues de otra manera no se explicaría el hecho de haber empleado cuatro días y cuatro noches en una marcha forzada a caballo y con una excelente tropilla.
 
   El juez de paz se dirigió luego a Tapalqué y retomo sus funciones. Cumpliendo su compromiso, mando a Molina y a su familia a Buenos Aires, a casa de la madre. Pero el baqueano pronto regreso al lado de don Exequiel, dejando a los suyos bajo el amparo y protección de la señora madre de Martínez. [como dato curioso, en el censo de 1855 podemos ver que con ella vive la niña Matilde Molina, de 7 años de edad]. Esta no se limitó a mantenerlas y vestirlas, sino que las hizo educar, mandándolas a la escuela, donde recibieron cierta ilustración. Más tarde se convirtieron en bellas señoritas, y las cuatro se casaron ventajosamente.
 
   Como dijimos, Molina regresó a Tapalqué, junto a don Exequiel a quien, como entretenimiento, le enseñaba la lengua pampa, motivo por el cual Martínez llegó a dominarla. Un día el lenguaraz se sintió enfermo, y como no había hospital en el pueblo, don Exequiel lo llevo al Azul, donde a los pocos días falleció, según se supone, de un ataque cardíaco. Así termino la existencia accidentada y noble del lenguaraz de Calfucurá, que si bien expuso su vida y la de familiares para devolver la preciada libertad al juez de paz, éste a su vez cumplió con largueza su promesa, asegurando para siempre el bienestar de su salvador y de los suyos.
 
   Martínez fue reelecto para 1856 como Juez de Paz, cumpliendo sólo parte de su mandato, ya que después pasó a Las Flores, donde fue oficial del Regimiento de la Guardia Nacional. Años más tarde se radicó en Dolores, donde desempeño nuevamente en 1878 y 1880, funciones judiciales legas, y el cargo de Comisionado Municipal; fundando una familia de hondo arraigo al contraer enlace con doña Maura Requejo. Su hijo Ezequiel Deogracias, fue intendente municipal en dos oportunidades y concejal; ejerció como martillero público, estableciendo una importante casa de remates de hacienda que aún hoy atienden sus descendientes.
 
   Al memorar esta pequeña historia lugareña, lo hacemos pensando en sus protagonistas y relatores, especialmente en don Pedro M. Flores, espíritu generoso y figura patriarcal, que puso empeño, hace más de medio siglo, en la difusión de esto sucedido, sin otro interés que su acendrado amor al terruño, a la historia y a la amistad. 

  
    
 
 (*) Rolando Dorcas Berro, diario “La Prensa” de Buenos Aires, domingo 27 de diciembre de 1981, Sección literaria, p. 6.