jueves, 2 de septiembre de 2010

CAPITULO IX - Biografía y trayectoria eclesiástica del Dr. D. Vicente Arroyo. Designación de D. Ventura López Camelo como Alcalde de Hermandad. El Cabildo de la Villa de Luján. La Cofradía de Animas Benditas del Purgatorio. El paso del río Luján. D. Juan Ponce de León, su deceso. Visita del Obispo Fray Sebastián Malvar y Pinto. Certificación de los servicios y reconocimiento del Cabildo de la Villa de Luján a la obra y labor del Dr. D. Vicente Arroyo.


El Dr. Vicente José Arroyo nació el 22 de abril de 1746 y fue bautizado 3 días más tarde en la Catedral porteña por el Maestro Nicolás Barrales (60), hijo del comerciante José de Arroyo, nacido en Villa de Pica, Perú, y de María Josefa González de Cossio, (hermana del Presbítero Francisco de Cossio y Terán), nacida en Buenos Aires; nieto paterno de Bernardo de Arroyo y de Petrona de la Fuente y nieto materno de D. Juan González de Cossio, nacido en Puente de Lariz, Arzobispado de Burgos, y de Da. Teresa Rodríguez de Figueroa, nacida en Buenos Aires (61).

Estudio las primeras letras en la escuela pública de los jesuitas y en 1759 fue al colegio Montserrat para cursar dos años de gramática, tres de filosofía y cuatro de teología. En la Capilla real de San Ignacio, del valle cordobés de Calamuchita, el Obispo Abad e Illana le confirió el presbiterado el 13 de noviembre de 1769 y el 9 de diciembre siguiente se Doctoró en teología.

Regresó a Buenos Aires en 1770 y fue nombrado Teniente de Cura de la Catedral (62). El Obispo Manuel Antonio de la Torre, en su carta del 23 de febrero de 1772 al gobernador Juan José de Vertiz decía de él: "[...] es muy acreedor a la compasión por el crecido número de seis hermanas solteras y huérfanas de todas edades, que únicamente dependen de su abrigo, habiendo sido criadas con alguna conveniencia".

Por esa y otras razones fue que lo designó en primer término para la nueva Parroquia de Nuestra Señora del Pilar, al desmembrarse del Curato de la Villa de Luján (63). Si bien el título firmado por Vertiz a nombre de S.M., lleva fecha 26 de febrero de 1772, el Dr. Arroyo pasó a servir el 23 de marzo de 1772 (64), siendo el primero en la lista de Curas vicarios de esa Parroquia de la campaña.

Llegamos a 1774, año en el cual se ha dicho que Pilar logra su autonomía política, debido a que el Cabildo de Luján decide que los vecinos del lugar elijan sus autoridades, siendo designado por voto unánime con el título de Alcalde de la Santa Hermandad D. Ventura López Camelo y la Villa del Pilar se denomina partido del Pilar por el hecho de tener como centro la Iglesia del mismo nombre (65).


No hay ningún documento que pruebe esta circunstancia en la forma mencionada y tan repetida hasta nuestros días. La cita que acabamos de ver llevó a interpretar una desvinculación de Pilar del Cabildo de la Villa de Luján a partir de ese año y en realidad nada de ello sucedió. La jurisdicción del ayuntamiento lujanense abarcaba desde el Río de las Conchas (hoy Reconquista) hasta el de Areco y desde el Río de la Plata, por el norte, hasta la frontera con el indio; los Alcaldes de Hermandad tenían atribuciones sobre el territorio designado bajo su custodia, siendo su finalidad la vigilancia de la campaña (66). Tal es así que en el mes de octubre de 1772 se desempeñaba como Alcalde del Partido del Pilar D. Juan de Mesa (66/1).


Bautismo de Ramón Antonio Macedo en la Campaña por el Alcalde del Pilar Don Juan de Mesa.
Octubre 27 de 1772 (Catedral de Buenos Aires, libro 13, folio 173).

Pese a los conflictos de competencia jurisdiccional con el Cabildo porteño que originaría un pleito y la suspensión de sus funciones desde 1782 hasta 1787, el ayuntamiento lujanense siguió ejerciendo su autoridad y nombrando por muchos años más a los Alcaldes de Hermandad del distrito de su incumbencia (67).

En principio, el organismo capitular es autorizado a designar dos Alcaldes de Hermandad que, según se deduce de los acuerdos de 1774, tienen competencia en una y otra banda del Río Luján, uno sobre Areco y Cañada de la Cruz y el otro sobre Las Conchas, Escobar, Pilar y el pago de La Choza (68).

D. Ventura López Camelo, fue elegido Alcalde de la Santa Hermandad mediante voz y voto del entonces Alcalde ordinario del Cabildo de la Villa de Luján, D. Diego de la Cruz y del alguacil mayor D. Antonio Bargas, el 1º de enero de 1774 (69).

"Y habiendo acordado sobre los Alcaldes de la Santa Hermandad, en virtud de que los dos que vinieron confirmados por el Sr. Teniente de Rey y Gobernador interino, son de Luján abajo y como es preciso de que estén divididos en ambos partidos, acordaron sus Mercedes que para el partido de Areco se nombrara uno, y para esto unánimes y conformes nombraron a D. Miguel Rodríguez Flores" (70).

En la sesión del 26 de febrero de 1774, el defensor de Menores abrió una carta, la cual leyó en alta voz y en ella el Sr. Teniente de Rey y Gobernador interino mandaba "se reciba al Alcalde de la Santa Hermandad del partido de Areco que fue confirmado el día once de enero, a lo cual acordaron de común acuerdo se le escriba a D. Ventura López para que venga a recibirse de su empleo y pase a su destino" (71). El 5 de marzo de 1774 recibió la real vara de justicia y "prestó su juramento y juró a Dios y una señal de cruz según forma de derecho de cumplir bien y fielmente en dicho empleo" (72).

Luego, se presentó ante los cabildantes y expreso: "que en virtud de señalarle la Señoría de este Cabildo jurisdicción en el partido de Areco y esto no serle conveniente por motivos suficientes que tiene tanto como el que le pertenecen en el partido del Pilar por ser vecino de él y no tener conciencia de las gentes en el de Areco". A lo que fue respondido por los miembros del ayuntamiento: "que presentara un escrito alegando lo que a su derecho convenga para determinar lo que en justicia hallare por conveniente" (73).

Días después, se leyó en el ayuntamiento un memorando del Alcalde D. Ventura López y visto por sus Mercedes determinaron que el mismo "pase a su jurisdicción en el partido de Areco, del cual ha sido recibido no viendo lugar a su presentación respecto a que ya está recibido de ese partido el propietario, previniéndole que se abstenga de usar del algún modo ningún acto de jurisdicción en caso que quiera alegar su derecho ocurra al capitán general" (74). Es lo último que se sabe después de la intimación y advertencia de los cabildantes a las objeciones formuladas por D. Ventura López, por su negativa a ocupar el puesto en el partido de Areco.

Recordar que en esa época el "pago de Areco" formaba parte de la jurisdicción del Cabildo de la Villa de Luján, de manera que no es nada extraño que en algunos casos, como el que acabamos de ver, recayesen nombramientos en personas avecindadas dentro de su vasto territorio. Además, para tener una idea de las interferencias y colisión de intereses que reinaba entre los cuerpos capitulares de Luján y Buenos Aires, digamos que en ese mismo año de 1774, el Cabildo porteño elegía a D. Francisco Espinosa y Arguello como Alcalde de Hermandad para Areco y Cañada de la Cruz y al Alférez D. Bernardo Miranda para el pago de las Conchas y Costa (75).

En 1774 se funda en la Parroquia del Pilar, la Cofradía de Animas Benditas del Purgatorio. Su finalidad era la de fomentar la caridad en favor de los feligreses, para los cuales se destinaban las limosnas en caso de fallecimientos, enfermedades o imperiosas necesidades. Las autoridades de la Cofradía estaban compuestas por un Padre Capellán, que debía ser Sacerdote Secular, un Hermano Mayor, un Tesorero, el Sacristán y los limosneros. Podían ser inscritos como hermanos todo hombre o mujer que estuvieran bautizados y que fueran de honrada vida y de buenas costumbres.

 

Principiaron esta congregación: D. Manuel de Pinazo, D. Joaquín Cabot,  D. Justo Fernando de la Cruz, Da. Josefa Ponce de León, Da. Paula Cruz, D. Vicente Buena Maison, D. Lorenzo Gómez, D. José Antonio Burgueño, Da. Tomasa Irrazábal, D. Mayoriano de la Cruz, D. Juan José Cheves, D. Nicolás Salomón, D. Juan Pablo López Camelo, D. Manuel de la Madrid, D. Luis Muñoz de Mesa, D. Ventura López  Camelo y D. Juan Antonio de la Cruz (76).

Fallece D. Juan Ponce de León y es sepultado el 7 de julio de 1775 con cruz alta, oficio cantado, misa de cuerpo presente cantada, novenario de misas cantadas, misa de honras y cabo de año con vigilias también todo cantado y 14 posas, con la mayor pompa posible, todo gratis por ser el Síndico de la Iglesia (77).

En 1776, un bando del Alcalde Ordinario de la Villa de Luján, Sargento Mayor D. Manuel de Pinazo que menciona los pasos del río Luján y señala el de Nuestra Señora del Pilar (78) El puente de este último, construido en ese entonces de troncos, se hallaba sobre el camino real (actual ruta 8).

El Obispo de Buenos Aires, Fray Sebastián Malvar y Pinto, en su visita pastoral por la campaña, llega a Pilar el 9 de enero de 1780 y es recibido por el Dr. Vicente Arroyo. Revisa los libros de la Parroquia y deja escrito en ellos expresas ordenes canónicas. Manda no celebrar casamientos de personas procedentes de Europa y otras partes de América si su autorización, o en su defecto del Provisor, para evitar los fraudes y engaños de aquellos que ya habían sido desposados en otros países. Si los contrayentes eran naturales del país pero de distintos lugares, debían presentar información o justificación de libertad certificada de su propio Párroco y con intervención del Notario Eclesiástico.

En caso de que fuesen del mismo Obispado, pero de diferentes Parroquias, debían leerse las proclamas en ambas Iglesias y el Cura no podía consentir el matrimonio si los pretendientes no tenían el testimonio del otro Sacerdote de haber dado cumplimiento a este requisito, sin impedimentos de consanguinidad, afinidad u otro motivo que diera lugar a la postergación o anulación de la ceremonia (79).

El 12 de febrero de 1781, en el Cabildo de la Villa de Luján, juntos y congregados en la sala de acuerdos el Alcalde Ordinario D. Carlos Tadeo Romero, el Alguacil Mayor D. Manuel de la Riva, el Defensor de Menores D. Alonso González y el Defensor de Pobres D. Antonio Perelló, se presentó una petición por parte del Dr. D. Vicente Arroyo, Cura y Vicario de la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar, cuyo tenor es como sigue:

"Muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento, en la mejor forma que haya lugar en derecho comparezco ante V. S. y digo: que conviene el que V.S. en los términos que fueren de su superior agrado, certifique así de mi conducta en el ministerio Parroquial, como mi celo en el reparo y cuidado de mi Iglesia, declarando con especificación de los hechos que sean conducentes, todo lo que hubiere conceptuado de mí, en uno y otro punto y pueda dar la correspondiente idea del mérito que me he labrado en el desempeño de mi obligación. Por tanto, a V.S. pido y suplico se sirva hacer según y como llevo expresado, que parece de justicia muy propia de su rectitud y probidad.

                                       Cabildo de la Villa de Luján y placa ubicada en la entrada

Y habiendo conferido sobre uno y otro punto, todos uniformes y de común acuerdo dijeron: que nada era más justo y debido lo que dicho Doctor solicitaba, ya que no podía dejar de obtemperar gustoso este Cabildo, hallándose, como se halla, penetrado íntimamente de reconocimiento al celo y eficacia, que constantemente ha promovido y promueve el bien espiritual de sus feligreses, al mismo tiempo que edificado sobre manera por lo que ha trabajado en la construcción material de su Iglesia y arreglo de sus funciones, en cuya inteligencia y haciendo justicia al distinguido mérito de dicho Doctor, debían certificar e informar a todos los tribunales superiores, así eclesiásticos como seculares, donde ésta fuera presentada, que por lo que hace a la conducta de dicho Dr. Don Vicente Arroyo en el desempeño de su ministerio Parroquial irreprehensible y tal que puede servir de modelo y ejemplo a los Párrocos más activos y celosos.

Pues, desde la colación canónica y posesión de aquella Parroquia, tomó a su cargo la dirección espiritual de su dilatada feligresía el 22 de marzo de 1772 y se dedicó con tanto empeño a la instrucción de sus ovejas y reforma de los abusos y corruptelas que la ignorancia había introducido, que ninguno sería capaz de notar el más leve descuido u omisión, en el laborioso ejercicio que exigía tan ardua y molesta incumbencia, a cuyo fin cumpliendo con la principal obligación de su cargo, no ha dejado jamás de predicar y enseñar todos los días de fiesta la doctrina cristiana a sus feligreses, explicándoles con admirable claridad los preceptos de la Iglesia y del decálogo, con los dogmas de nuestra religión católica, y celando su observancia por los medios que sugiere una consumada prudencia, siendo digno de toda nota.

Que después de no dejar desorden o escándalo, sin corrección ni abuso enmienda, ha sido y es objeto de la veneración y amor de todos sus feligreses, que a competencia procurar agradarlo y complacerlo, por reconocer que su bien espiritual es todo el estímulo de sus exhortaciones y reconvenciones. Animado de este espíritu y para que ninguno dejase de cumplir con el precepto de la comunión pascual, en la que halló una total relajación, ha hecho constantemente por sí mismo, todos los años, la matrícula de todo su Curato, y recorriendo después de pasar el tiempo señalado, para recoger las cédulas y hacer que se desobligasen de tan divino precepto los que aún estaban con este reato.

Pero donde ha brillado más su celo es en el cuidado de los enfermos y en la administración del santo viático a los que estaban en peligro de muerte, porque, sin embargo, de que siempre ha tenido a su lado un Sacerdote de ayudante y hasta tres en los tiempos de epidemia, no para consultar su comodidad sino para el mayor auxilio de sus feligreses. Ha sido el primero que al primer aviso de que alguno peligraba, aunque fuese en la mayor distancia se ponía en camino, sin que el frío o el calor en sus más rigurosas estaciones y lo que es más, la copiosa lluvia que a la sazón caía, fuesen bastante para retraerlo de recorrer muchas leguas de día y de noche a fin de llevar el divino auxilio a quien lo necesitaba.

Llegó el caso en que hallándose sangrado y no poco indispuesto, por tener un brazo dislocado de su lugar de una rodada, que al tiempo de ser avisado se hiciese montar a caballo por no demorar la diligencia, y marchar de este modo el espacio de no pocas leguas para impartir el socorro espiritual que le pedían, en cuyo ministerio no se contentaba con administrarles el viático extremaunción después de confesados y dispuestos para su recepción, sino que se quedaba por algunas horas auxiliándolos y ayudándolos a bien morir, hasta que rindiesen el espíritu a su creador, y a los que estaban en tan inminente peligro, les dejaba lo que necesitaran en razón de su pobreza, para alimentarse en su dolencia.

Que todas estas partidas que son bien notorias en esta jurisdicción, las sella, por decirlo así, con el desinterés que constantemente ha manifestado en su ministerio, pues, después de no exigir cosa alguna de los pobres, por los casamientos, bautismos, funerales y entierros de los que fallecen, aún respecto de los que tienen conveniencia, deja a su arbitrio lo que por vía de limosna y para su manutención, le han de contribuir por el trabajo corporal de su ministerio, haciéndoles sólo presente el arancel para que arreglen su voluntaria contribución. Y por último, siendo por estas prendas y circunstancias tan digno de la estimación y veneración de todos, no ha dado hasta ahora en su personal conducta el más leve motivo de nota, y sus acciones ajustadas todas a las leyes de su estado, relevan sobre manera su mérito en esta parte.

Que por lo que hace al segundo punto, su celo, por el decoro de su Iglesia, así en lo material de su fábrica como en lo formal de sus funciones, sino excede iguala, al menos, a la que ha acreditado por el bien espiritual de sus feligreses, y sin duda, para atraer a éstos a su verdadero redil y allí tomasen las instrucciones, disipando sus ignorancias, corrigiesen los abusos de que estaban preocupados y actuasen de lo que debían hacer y creer para conseguir su eterna salud.

Sacrificó todas las utilidades que le producía el ministerio empleándolas en la construcción y adorno de su Iglesia, sin embargo de tener a su cargo una dilatada familia, que es público y notorio vive a sus expensas después de la muerte de sus padres. Que el Cabildo para dar la verdadera idea de lo que en esta parte ha ejecutado dicho Doctor y como testigo de vista que ha sido de todo, no puede dejar de hacer un detalle, que no se puede, o debe calificar por mínimo, cuando contribuye a conocer un mérito tan recomendable y digno de su reconocimiento.

Que en esta virtud certifica y hace presente: que hallándose dicha Iglesia, cuando entró a gobernarla el expresado Doctor, en un estado miserable y amenazando ruina en parte, si no se la reparaba por instantes; sin ornamentos ni vasos sagrados y sin el ramo de fábrica, pudiese sufragar más que para la cera, sebo y vino del año, hoy se ve de modo que nadie puede comprender como ha podido, con las cortas obtenciones que rinde aquel Curato, a quien en forma desinteresada lo administra, ponerse en tan contrario estado y sólo ocurriendo a Dios que parece ha arrojado su bendición sobre aquellas obras de caridad y piedad se puede comprender este misterio.

Pues al tiempo del ingreso de dicho Doctor se hallaba reducida a diez tirantes, en los cuatro primeros amenazaba por instantes una fatal ruina por estar apolilladas las maderas, sin ninguna ventana, pues las dos que tenía estaban tapiadas con ladrillo y luego que se recibió de su Mayordomía, que fue en el año de 1774, por muerte del Síndico Ecónomo de ella, se aplicó con todo esmero a repararla, intentando primero por contemplar ser corta el añadirla, como de efecto la alargó diez varas, haciéndole su correspondiente torre con su cruz, todo de ladrillo cocido y maderas escogidas del Paraguay. Construyó el coro sobre el pórtico y el piso de madera, su baranda por adelante nueva y pintada al óleo, le puso siete ventanas con sus vidrieras tres por banda y una en el mojinete del coro.

Que pasó después a reparar los cuatro tirantes primeros, echó abajo todo aquel pedazo, le mudó madera fuerte a todo costo de lapacho y costaneras de algarrobo que se encontró viciada, se encañó y se entejó toda la Iglesia de nuevo. Que pasó inmediatamente a mirar por el adorno interior de ella, levanto en el piso del presbiterio cuatro gradas, formando, además, una mesa de madera buena y fuerte para el altar mayor, porque la que antes tenía se reducía a un pedazo de puerta vieja colocada sobre unos palillos de la misma especie.

Hizo pintar y dorar de nuevo el altar, adornar el nicho de la virgen, cubrir todo el mojinete y formando un retablo con el dicho altar; se colocaron unos cuadros de la vida de la virgen que se compraron para este fin, adornándolos con unas láminas de cristal y con sus copias en la forma como se los ve. Coronó o circunvaló el presbiterio con una barandilla pintada al óleo de azul de Prusia, con sus perfiles de plata fina, tomando dentro de dos arcos pequeños que tenía la Iglesia para dos altares colaterales, de los cuales uno está concluido y aunque no es de talla sino de madera sencilla, está pintado y dorado con oro fino.

Se encuentra en medio de la Iglesia una araña de cristal muy hermosa, la cual nos consta haberla colocado el dicho Cura; puso puertas nuevas hechas a todo costo pintadas de verde, también lo están las ventanas, las paredes están enlucidas a la cal por dentro y por fuera, el frontis y la torre a plano. Cercó el pretil con una pared de adobe crudo, con caballete de adobe cocido y teja por tapa y por los dos costados de la misma suerte, con una pared de más de media cuadra de largo y dos varas de alto por el costado en la misma conformidad, comprendiendo dentro de sí, no solo la Iglesia y sacristía, sino también la casa del Cura con todas sus viviendas.

Que su celo, amor y cuidado, pasaron de aquí a la sacristía, donde no había más que un pedazo de tabla vieja que servía de mesa para revestirse los Sacerdotes y una caja donde se guardaban los ornamentos. Le mudó la madera que encontró mala, encañándola y entejándola de nuevo, puso un cielo raso de tabla, abrió una ventana al sur donde colocó su vidriera con rejilla de alambre por fuera, puso una puerta nueva pintada de verde y resguardada de las aguas, con un corredor seguido a la misma sacristía.

Para revestirse los Sacerdotes construyó una mesa con doce cajones y tiradores amarillos que abrazaban las cinco varas de largo de la sacristía y la adornó en su contorno con doce cuadros pequeños de varias advocaciones de Nuestra Señora que, aunque los encontró en la Parroquia, nos consta que los hizo pintar de nuevo al óleo, mudando lienzos a los que estaban maltratados. Fabricó seguido a la sacristía un cuarto más de un tirante de adobe cocido y teja, para guardar trastes, con una puerta de comunicación por dentro a la misma y su ventana con vidriera al norte.

No parece debe omitir este Cabildo, hacer presente como conducente al indubitable mérito de dicho Cura y que en gran manera lo releva. Que habiendo vivido algún tiempo con gran incomodidad en un rancho alquilado, no pensó jamás solicitar su conveniencia por lo que mira a la habitación, hasta que no vio concluido todo lo expresado y de facto, luego que lo verificó (en lo que sin duda ha hecho no menor beneficio a la Parroquia), siguió a continuación de la sacristía y el cuarto perteneciente a ella, su casa, que se reduce a una sala, dos aposentos hecho a todo costo de ladrillo y teja, con buenas puertas y cada una de las dichas viviendas con sus ventanas y vidrieras que caen al norte y patio de la misma Iglesia.

Después, como de dos años a esta parte, edificó al lado otros dos cuartos más de ladrillo y teja, cada uno con su correspondiente dormitorio y a su continuación otras viviendas y oficinas necesarias para la comodidad de una casa. Todo lo cual como está de manifiesto y es publico y notorio en toda la jurisdicción, omitiendo el aumento de ornamentos, vasos sagrados y demás utensilios necesarios al divino culto, que por noticia sabemos ha verificado para la decencia de la celebración de los augustos misterios, ha tenido por conveniente especificar este Cabildo, para hacer constar el mérito de dicho Doctor y darle este testimonio de su reconocimiento, al celo que ha manifestado por el bien espiritual de su feligresía y decoro de su Iglesia. Se le entregará original con los testimonios que pidiera para los efectos correspondientes, después de copiado en los libros de acuerdos". [Fdo.] "Carlos Tadeo Romero - Manuel de la Riva - Alonso González - Antonio Perelló" (80).
 
Completamos la biografía del Dr. D. Vicente Arroyo, diciendo que: el 2 de junio de 1781 fue promovido al Curato de la Catedral de Buenos Aires, no obstante su permanencia en Pilar se extendió unos días más, pues el día 8 de ese mes celebró bautismos, haciendo la rendición de cuentas el 16, la cual quedó asentada con la claridad que lo distinguió en todos sus actos (81).

En la Catedral; puso particular empeño en enseñar la doctrina cristiana a sus feligreses, a los presos y a los presidiarios. Otra de sus ocupaciones favoritas fue la predicación, para la que se sabía particularmente dotado. A su cargo estuvo el sermón de la fiesta celebrada en la ciudad con motivo de la coronación de Carlos IV. Fue examinador sinodal por nombramiento del Obispo Sebastián Malvar el 3 de marzo de 1781.

Se lo eligió diputado eclesiástico el 21 de julio de 1784, para asistir a la junta de Temporalidades. Siendo Cura de la Catedral, por orden del Obispo Manuel de Azamor, se encargó de la Iglesia de San Ignacio como ayuda de Parroquia, preocupándose, aun a costa de sus propios bienes, en adecentar y embellecer ese templo que estaba amenazando ruina.

En la reparación y adorno, tanto de la capilla del sagrario de la catedral como de la viceparroquia de San Ignacio, gastó 11.268 pesos y cuatro reales. En la erección de Vicario Capitular habida después de la muerte del obispo Azamor (2 de octubre de 1796) obtuvo igual número de votos que Tubau y Sala, pero, como era Cura de la Catedral, el Cabildo se decidió por éste. El Dr. Arroyo, entonces, protestó y le entablo querella. La cédula real del 13 de marzo de 1798 vino a ratificar la decisión del Cabildo.

El 2 de noviembre de 1803 el rey firmó su presentación a una canonjía de la Catedral. Fue miembro de la Hermandad de la Caridad y de la de San Pedro. Canónigo Magistral. Falleció el 30 de octubre de 1804 (82).

                                                        

Bibliografía, documentación consultada y notas:
Consultar.


                                                                                        continúa capítulo X.-




CAPITULO IX - Biografía y trayectoria eclesiástica del Dr. D. Vicente Arroyo. Designación de D. Ventura López Camelo como Alcalde de Hermandad. El Cabildo de la Villa de Luján. La Cofradía de Animas Benditas del Purgatorio. El paso del río Luján. D. Juan Ponce de León, su deceso. Visita del Obispo Fray Sebastián Malvar y Pinto. Certificación de los servicios y reconocimiento del Cabildo de la Villa de Luján a la obra y labor del Dr. D. Vicente Arroyo.


El Dr. Vicente José Arroyo nació el 22 de abril de 1746 y fue bautizado 3 días más tarde en la Catedral porteña por el Maestro Nicolás Barrales (60), hijo del comerciante José de Arroyo, nacido en Villa de Pica, Perú, y de María Josefa González de Cossio, (hermana del Presbítero Francisco de Cossio y Terán), nacida en Buenos Aires; nieto paterno de Bernardo de Arroyo y de Petrona de la Fuente y nieto materno de D. Juan González de Cossio, nacido en Puente de Lariz, Arzobispado de Burgos, y de Da. Teresa Rodríguez de Figueroa, nacida en Buenos Aires (61).

Estudio las primeras letras en la escuela pública de los jesuitas y en 1759 fue al colegio Montserrat para cursar dos años de gramática, tres de filosofía y cuatro de teología. En la Capilla real de San Ignacio, del valle cordobés de Calamuchita, el Obispo Abad e Illana le confirió el presbiterado el 13 de noviembre de 1769 y el 9 de diciembre siguiente se Doctoró en teología.

Regresó a Buenos Aires en 1770 y fue nombrado Teniente de Cura de la Catedral (62). El Obispo Manuel Antonio de la Torre, en su carta del 23 de febrero de 1772 al gobernador Juan José de Vertiz decía de él: "[...] es muy acreedor a la compasión por el crecido número de seis hermanas solteras y huérfanas de todas edades, que únicamente dependen de su abrigo, habiendo sido criadas con alguna conveniencia".

Por esa y otras razones fue que lo designó en primer término para la nueva Parroquia de Nuestra Señora del Pilar, al desmembrarse del Curato de la Villa de Luján (63). Si bien el título firmado por Vertiz a nombre de S.M., lleva fecha 26 de febrero de 1772, el Dr. Arroyo pasó a servir el 23 de marzo de 1772 (64), siendo el primero en la lista de Curas vicarios de esa Parroquia de la campaña.

Llegamos a 1774, año en el cual se ha dicho que Pilar logra su autonomía política, debido a que el Cabildo de Luján decide que los vecinos del lugar elijan sus autoridades, siendo designado por voto unánime con el título de Alcalde de la Santa Hermandad D. Ventura López Camelo y la Villa del Pilar se denomina partido del Pilar por el hecho de tener como centro la Iglesia del mismo nombre (65).


No hay ningún documento que pruebe esta circunstancia en la forma mencionada y tan repetida hasta nuestros días. La cita que acabamos de ver llevó a interpretar una desvinculación de Pilar del Cabildo de la Villa de Luján a partir de ese año y en realidad nada de ello sucedió. La jurisdicción del ayuntamiento lujanense abarcaba desde el Río de las Conchas (hoy Reconquista) hasta el de Areco y desde el Río de la Plata, por el norte, hasta la frontera con el indio; los Alcaldes de Hermandad tenían atribuciones sobre el territorio designado bajo su custodia, siendo su finalidad la vigilancia de la campaña (66). Tal es así que en el mes de octubre de 1772 se desempeñaba como Alcalde del Partido del Pilar D. Juan de Mesa (66/1).


Bautismo de Ramón Antonio Macedo en la Campaña por el Alcalde del Pilar Don Juan de Mesa.
Octubre 27 de 1772 (Catedral de Buenos Aires, libro 13, folio 173).

Pese a los conflictos de competencia jurisdiccional con el Cabildo porteño que originaría un pleito y la suspensión de sus funciones desde 1782 hasta 1787, el ayuntamiento lujanense siguió ejerciendo su autoridad y nombrando por muchos años más a los Alcaldes de Hermandad del distrito de su incumbencia (67).

En principio, el organismo capitular es autorizado a designar dos Alcaldes de Hermandad que, según se deduce de los acuerdos de 1774, tienen competencia en una y otra banda del Río Luján, uno sobre Areco y Cañada de la Cruz y el otro sobre Las Conchas, Escobar, Pilar y el pago de La Choza (68).

D. Ventura López Camelo, fue elegido Alcalde de la Santa Hermandad mediante voz y voto del entonces Alcalde ordinario del Cabildo de la Villa de Luján, D. Diego de la Cruz y del alguacil mayor D. Antonio Bargas, el 1º de enero de 1774 (69).

"Y habiendo acordado sobre los Alcaldes de la Santa Hermandad, en virtud de que los dos que vinieron confirmados por el Sr. Teniente de Rey y Gobernador interino, son de Luján abajo y como es preciso de que estén divididos en ambos partidos, acordaron sus Mercedes que para el partido de Areco se nombrara uno, y para esto unánimes y conformes nombraron a D. Miguel Rodríguez Flores" (70).

En la sesión del 26 de febrero de 1774, el defensor de Menores abrió una carta, la cual leyó en alta voz y en ella el Sr. Teniente de Rey y Gobernador interino mandaba "se reciba al Alcalde de la Santa Hermandad del partido de Areco que fue confirmado el día once de enero, a lo cual acordaron de común acuerdo se le escriba a D. Ventura López para que venga a recibirse de su empleo y pase a su destino" (71). El 5 de marzo de 1774 recibió la real vara de justicia y "prestó su juramento y juró a Dios y una señal de cruz según forma de derecho de cumplir bien y fielmente en dicho empleo" (72).

Luego, se presentó ante los cabildantes y expreso: "que en virtud de señalarle la Señoría de este Cabildo jurisdicción en el partido de Areco y esto no serle conveniente por motivos suficientes que tiene tanto como el que le pertenecen en el partido del Pilar por ser vecino de él y no tener conciencia de las gentes en el de Areco". A lo que fue respondido por los miembros del ayuntamiento: "que presentara un escrito alegando lo que a su derecho convenga para determinar lo que en justicia hallare por conveniente" (73).

Días después, se leyó en el ayuntamiento un memorando del Alcalde D. Ventura López y visto por sus Mercedes determinaron que el mismo "pase a su jurisdicción en el partido de Areco, del cual ha sido recibido no viendo lugar a su presentación respecto a que ya está recibido de ese partido el propietario, previniéndole que se abstenga de usar del algún modo ningún acto de jurisdicción en caso que quiera alegar su derecho ocurra al capitán general" (74). Es lo último que se sabe después de la intimación y advertencia de los cabildantes a las objeciones formuladas por D. Ventura López, por su negativa a ocupar el puesto en el partido de Areco.

Recordar que en esa época el "pago de Areco" formaba parte de la jurisdicción del Cabildo de la Villa de Luján, de manera que no es nada extraño que en algunos casos, como el que acabamos de ver, recayesen nombramientos en personas avecindadas dentro de su vasto territorio. Además, para tener una idea de las interferencias y colisión de intereses que reinaba entre los cuerpos capitulares de Luján y Buenos Aires, digamos que en ese mismo año de 1774, el Cabildo porteño elegía a D. Francisco Espinosa y Arguello como Alcalde de Hermandad para Areco y Cañada de la Cruz y al Alférez D. Bernardo Miranda para el pago de las Conchas y Costa (75).

En 1774 se funda en la Parroquia del Pilar, la Cofradía de Animas Benditas del Purgatorio. Su finalidad era la de fomentar la caridad en favor de los feligreses, para los cuales se destinaban las limosnas en caso de fallecimientos, enfermedades o imperiosas necesidades. Las autoridades de la Cofradía estaban compuestas por un Padre Capellán, que debía ser Sacerdote Secular, un Hermano Mayor, un Tesorero, el Sacristán y los limosneros. Podían ser inscritos como hermanos todo hombre o mujer que estuvieran bautizados y que fueran de honrada vida y de buenas costumbres.

 

Principiaron esta congregación: D. Manuel de Pinazo, D. Joaquín Cabot,  D. Justo Fernando Fernando de la Cruz, Da. Josefa Ponce de León, Da. Paula Cruz, D. Vicente Buena Maison, D. Lorenzo Gómez, D. José Antonio Burgueño, Da. Tomasa Irrazábal, D. Mayoriano de la Cruz, D. Juan José Cheves, D. Nicolás Salomón, D. Juan Pablo López Camelo, D. Manuel de la Madrid, D. Luis Muñoz de Mesa, D. Ventura López  Camelo y D. Juan Antonio de la Cruz (76).

Fallece D. Juan Ponce de León y es sepultado el 7 de julio de 1775 con cruz alta, oficio cantado, misa de cuerpo presente cantada, novenario de misas cantadas, misa de honras y cabo de año con vigilias también todo cantado y 14 posas, con la mayor pompa posible, todo gratis por ser el Síndico de la Iglesia (77).

En 1776, un bando del Alcalde Ordinario de la Villa de Luján, Sargento Mayor D. Manuel de Pinazo que menciona los pasos del río Luján y señala el de Nuestra Señora del Pilar (78) El puente de este último, construido en ese entonces de troncos, se hallaba sobre el camino real (actual ruta 8).

El Obispo de Buenos Aires, Fray Sebastián Malvar y Pinto, en su visita pastoral por la campaña, llega a Pilar el 9 de enero de 1780 y es recibido por el Dr. Vicente Arroyo. Revisa los libros de la Parroquia y deja escrito en ellos expresas ordenes canónicas. Manda no celebrar casamientos de personas procedentes de Europa y otras partes de América si su autorización, o en su defecto del Provisor, para evitar los fraudes y engaños de aquellos que ya habían sido desposados en otros países. Si los contrayentes eran naturales del país pero de distintos lugares, debían presentar información o justificación de libertad certificada de su propio Párroco y con intervención del Notario Eclesiástico.

En caso de que fuesen del mismo Obispado, pero de diferentes Parroquias, debían leerse las proclamas en ambas Iglesias y el Cura no podía consentir el matrimonio si los pretendientes no tenían el testimonio del otro Sacerdote de haber dado cumplimiento a este requisito, sin impedimentos de consanguinidad, afinidad u otro motivo que diera lugar a la postergación o anulación de la ceremonia (79).

El 12 de febrero de 1781, en el Cabildo de la Villa de Luján, juntos y congregados en la sala de acuerdos el Alcalde Ordinario D. Carlos Tadeo Romero, el Alguacil Mayor D. Manuel de la Riva, el Defensor de Menores D. Alonso González y el Defensor de Pobres D. Antonio Perelló, se presentó una petición por parte del Dr. D. Vicente Arroyo, Cura y Vicario de la Parroquia de Nuestra Señora del Pilar, cuyo tenor es como sigue:

"Muy Ilustre Cabildo, Justicia y Regimiento, en la mejor forma que haya lugar en derecho comparezco ante V. S. y digo: que conviene el que V.S. en los términos que fueren de su superior agrado, certifique así de mi conducta en el ministerio Parroquial, como mi celo en el reparo y cuidado de mi Iglesia, declarando con especificación de los hechos que sean conducentes, todo lo que hubiere conceptuado de mí, en uno y otro punto y pueda dar la correspondiente idea del mérito que me he labrado en el desempeño de mi obligación. Por tanto, a V.S. pido y suplico se sirva hacer según y como llevo expresado, que parece de justicia muy propia de su rectitud y probidad.

                                       Cabildo de la Villa de Luján y placa ubicada en la entrada

Y habiendo conferido sobre uno y otro punto, todos uniformes y de común acuerdo dijeron: que nada era más justo y debido lo que dicho Doctor solicitaba, ya que no podía dejar de obtemperar gustoso este Cabildo, hallándose, como se halla, penetrado íntimamente de reconocimiento al celo y eficacia, que constantemente ha promovido y promueve el bien espiritual de sus feligreses, al mismo tiempo que edificado sobre manera por lo que ha trabajado en la construcción material de su Iglesia y arreglo de sus funciones, en cuya inteligencia y haciendo justicia al distinguido mérito de dicho Doctor, debían certificar e informar a todos los tribunales superiores, así eclesiásticos como seculares, donde ésta fuera presentada, que por lo que hace a la conducta de dicho Dr. Don Vicente Arroyo en el desempeño de su ministerio Parroquial irreprehensible y tal que puede servir de modelo y ejemplo a los Párrocos más activos y celosos.

Pues, desde la colación canónica y posesión de aquella Parroquia, tomó a su cargo la dirección espiritual de su dilatada feligresía el 22 de marzo de 1772 y se dedicó con tanto empeño a la instrucción de sus ovejas y reforma de los abusos y corruptelas que la ignorancia había introducido, que ninguno sería capaz de notar el más leve descuido u omisión, en el laborioso ejercicio que exigía tan ardua y molesta incumbencia, a cuyo fin cumpliendo con la principal obligación de su cargo, no ha dejado jamás de predicar y enseñar todos los días de fiesta la doctrina cristiana a sus feligreses, explicándoles con admirable claridad los preceptos de la Iglesia y del decálogo, con los dogmas de nuestra religión católica, y celando su observancia por los medios que sugiere una consumada prudencia, siendo digno de toda nota.

Que después de no dejar desorden o escándalo, sin corrección ni abuso enmienda, ha sido y es objeto de la veneración y amor de todos sus feligreses, que a competencia procurar agradarlo y complacerlo, por reconocer que su bien espiritual es todo el estímulo de sus exhortaciones y reconvenciones. Animado de este espíritu y para que ninguno dejase de cumplir con el precepto de la comunión pascual, en la que halló una total relajación, ha hecho constantemente por sí mismo, todos los años, la matrícula de todo su Curato, y recorriendo después de pasar el tiempo señalado, para recoger las cédulas y hacer que se desobligasen de tan divino precepto los que aún estaban con este reato.

Pero donde ha brillado más su celo es en el cuidado de los enfermos y en la administración del santo viático a los que estaban en peligro de muerte, porque, sin embargo, de que siempre ha tenido a su lado un Sacerdote de ayudante y hasta tres en los tiempos de epidemia, no para consultar su comodidad sino para el mayor auxilio de sus feligreses. Ha sido el primero que al primer aviso de que alguno peligraba, aunque fuese en la mayor distancia se ponía en camino, sin que el frío o el calor en sus más rigurosas estaciones y lo que es más, la copiosa lluvia que a la sazón caía, fuesen bastante para retraerlo de recorrer muchas leguas de día y de noche a fin de llevar el divino auxilio a quien lo necesitaba.

Llegó el caso en que hallándose sangrado y no poco indispuesto, por tener un brazo dislocado de su lugar de una rodada, que al tiempo de ser avisado se hiciese montar a caballo por no demorar la diligencia, y marchar de este modo el espacio de no pocas leguas para impartir el socorro espiritual que le pedían, en cuyo ministerio no se contentaba con administrarles el viático extremaunción después de confesados y dispuestos para su recepción, sino que se quedaba por algunas horas auxiliándolos y ayudándolos a bien morir, hasta que rindiesen el espíritu a su creador, y a los que estaban en tan inminente peligro, les dejaba lo que necesitaran en razón de su pobreza, para alimentarse en su dolencia.

Que todas estas partidas que son bien notorias en esta jurisdicción, las sella, por decirlo así, con el desinterés que constantemente ha manifestado en su ministerio, pues, después de no exigir cosa alguna de los pobres, por los casamientos, bautismos, funerales y entierros de los que fallecen, aún respecto de los que tienen conveniencia, deja a su arbitrio lo que por vía de limosna y para su manutención, le han de contribuir por el trabajo corporal de su ministerio, haciéndoles sólo presente el arancel para que arreglen su voluntaria contribución. Y por último, siendo por estas prendas y circunstancias tan digno de la estimación y veneración de todos, no ha dado hasta ahora en su personal conducta el más leve motivo de nota, y sus acciones ajustadas todas a las leyes de su estado, relevan sobre manera su mérito en esta parte.

Que por lo que hace al segundo punto, su celo, por el decoro de su Iglesia, así en lo material de su fábrica como en lo formal de sus funciones, sino excede iguala, al menos, a la que ha acreditado por el bien espiritual de sus feligreses, y sin duda, para atraer a éstos a su verdadero redil y allí tomasen las instrucciones, disipando sus ignorancias, corrigiesen los abusos de que estaban preocupados y actuasen de lo que debían hacer y creer para conseguir su eterna salud.

Sacrificó todas las utilidades que le producía el ministerio empleándolas en la construcción y adorno de su Iglesia, sin embargo de tener a su cargo una dilatada familia, que es público y notorio vive a sus expensas después de la muerte de sus padres. Que el Cabildo para dar la verdadera idea de lo que en esta parte ha ejecutado dicho Doctor y como testigo de vista que ha sido de todo, no puede dejar de hacer un detalle, que no se puede, o debe calificar por mínimo, cuando contribuye a conocer un mérito tan recomendable y digno de su reconocimiento.

Que en esta virtud certifica y hace presente: que hallándose dicha Iglesia, cuando entró a gobernarla el expresado Doctor, en un estado miserable y amenazando ruina en parte, si no se la reparaba por instantes; sin ornamentos ni vasos sagrados y sin el ramo de fábrica, pudiese sufragar más que para la cera, sebo y vino del año, hoy se ve de modo que nadie puede comprender como ha podido, con las cortas obtenciones que rinde aquel Curato, a quien en forma desinteresada lo administra, ponerse en tan contrario estado y sólo ocurriendo a Dios que parece ha arrojado su bendición sobre aquellas obras de caridad y piedad se puede comprender este misterio.

Pues al tiempo del ingreso de dicho Doctor se hallaba reducida a diez tirantes, en los cuatro primeros amenazaba por instantes una fatal ruina por estar apolilladas las maderas, sin ninguna ventana, pues las dos que tenía estaban tapiadas con ladrillo y luego que se recibió de su Mayordomía, que fue en el año de 1774, por muerte del Síndico Ecónomo de ella, se aplicó con todo esmero a repararla, intentando primero por contemplar ser corta el añadirla, como de efecto la alargó diez varas, haciéndole su correspondiente torre con su cruz, todo de ladrillo cocido y maderas escogidas del Paraguay. Construyó el coro sobre el pórtico y el piso de madera, su baranda por adelante nueva y pintada al óleo, le puso siete ventanas con sus vidrieras tres por banda y una en el mojinete del coro.

Que pasó después a reparar los cuatro tirantes primeros, echó abajo todo aquel pedazo, le mudó madera fuerte a todo costo de lapacho y costaneras de algarrobo que se encontró viciada, se encañó y se entejó toda la Iglesia de nuevo. Que pasó inmediatamente a mirar por el adorno interior de ella, levanto en el piso del presbiterio cuatro gradas, formando, además, una mesa de madera buena y fuerte para el altar mayor, porque la que antes tenía se reducía a un pedazo de puerta vieja colocada sobre unos palillos de la misma especie.

Hizo pintar y dorar de nuevo el altar, adornar el nicho de la virgen, cubrir todo el mojinete y formando un retablo con el dicho altar; se colocaron unos cuadros de la vida de la virgen que se compraron para este fin, adornándolos con unas láminas de cristal y con sus copias en la forma como se los ve. Coronó o circunvaló el presbiterio con una barandilla pintada al óleo de azul de Prusia, con sus perfiles de plata fina, tomando dentro de dos arcos pequeños que tenía la Iglesia para dos altares colaterales, de los cuales uno está concluido y aunque no es de talla sino de madera sencilla, está pintado y dorado con oro fino.

Se encuentra en medio de la Iglesia una araña de cristal muy hermosa, la cual nos consta haberla colocado el dicho Cura; puso puertas nuevas hechas a todo costo pintadas de verde, también lo están las ventanas, las paredes están enlucidas a la cal por dentro y por fuera, el frontis y la torre a plano. Cercó el pretil con una pared de adobe crudo, con caballete de adobe cocido y teja por tapa y por los dos costados de la misma suerte, con una pared de más de media cuadra de largo y dos varas de alto por el costado en la misma conformidad, comprendiendo dentro de sí, no solo la Iglesia y sacristía, sino también la casa del Cura con todas sus viviendas.

Que su celo, amor y cuidado, pasaron de aquí a la sacristía, donde no había más que un pedazo de tabla vieja que servía de mesa para revestirse los Sacerdotes y una caja donde se guardaban los ornamentos. Le mudó la madera que encontró mala, encañándola y entejándola de nuevo, puso un cielo raso de tabla, abrió una ventana al sur donde colocó su vidriera con rejilla de alambre por fuera, puso una puerta nueva pintada de verde y resguardada de las aguas, con un corredor seguido a la misma sacristía.

Para revestirse los Sacerdotes construyó una mesa con doce cajones y tiradores amarillos que abrazaban las cinco varas de largo de la sacristía y la adornó en su contorno con doce cuadros pequeños de varias advocaciones de Nuestra Señora que, aunque los encontró en la Parroquia, nos consta que los hizo pintar de nuevo al óleo, mudando lienzos a los que estaban maltratados. Fabricó seguido a la sacristía un cuarto más de un tirante de adobe cocido y teja, para guardar trastes, con una puerta de comunicación por dentro a la misma y su ventana con vidriera al norte.

No parece debe omitir este Cabildo, hacer presente como conducente al indubitable mérito de dicho Cura y que en gran manera lo releva. Que habiendo vivido algún tiempo con gran incomodidad en un rancho alquilado, no pensó jamás solicitar su conveniencia por lo que mira a la habitación, hasta que no vio concluido todo lo expresado y de facto, luego que lo verificó (en lo que sin duda ha hecho no menor beneficio a la Parroquia), siguió a continuación de la sacristía y el cuarto perteneciente a ella, su casa, que se reduce a una sala, dos aposentos hecho a todo costo de ladrillo y teja, con buenas puertas y cada una de las dichas viviendas con sus ventanas y vidrieras que caen al norte y patio de la misma Iglesia.

Después, como de dos años a esta parte, edificó al lado otros dos cuartos más de ladrillo y teja, cada uno con su correspondiente dormitorio y a su continuación otras viviendas y oficinas necesarias para la comodidad de una casa. Todo lo cual como está de manifiesto y es publico y notorio en toda la jurisdicción, omitiendo el aumento de ornamentos, vasos sagrados y demás utensilios necesarios al divino culto, que por noticia sabemos ha verificado para la decencia de la celebración de los augustos misterios, ha tenido por conveniente especificar este Cabildo, para hacer constar el mérito de dicho Doctor y darle este testimonio de su reconocimiento, al celo que ha manifestado por el bien espiritual de su feligresía y decoro de su Iglesia. Se le entregará original con los testimonios que pidiera para los efectos correspondientes, después de copiado en los libros de acuerdos". [Fdo.] "Carlos Tadeo Romero - Manuel de la Riva - Alonso González - Antonio Perelló" (80).
 
Completamos la biografía del Dr. D. Vicente Arroyo, diciendo que: el 2 de junio de 1781 fue promovido al Curato de la Catedral de Buenos Aires, no obstante su permanencia en Pilar se extendió unos días más, pues el día 8 de ese mes celebró bautismos, haciendo la rendición de cuentas el 16, la cual quedó asentada con la claridad que lo distinguió en todos sus actos (81).

En la Catedral; puso particular empeño en enseñar la doctrina cristiana a sus feligreses, a los presos y a los presidiarios. Otra de sus ocupaciones favoritas fue la predicación, para la que se sabía particularmente dotado. A su cargo estuvo el sermón de la fiesta celebrada en la ciudad con motivo de la coronación de Carlos IV. Fue examinador sinodal por nombramiento del Obispo Sebastián Malvar el 3 de marzo de 1781.

Se lo eligió diputado eclesiástico el 21 de julio de 1784, para asistir a la junta de Temporalidades. Siendo Cura de la Catedral, por orden del Obispo Manuel de Azamor, se encargó de la Iglesia de San Ignacio como ayuda de Parroquia, preocupándose, aun a costa de sus propios bienes, en adecentar y embellecer ese templo que estaba amenazando ruina.

En la reparación y adorno, tanto de la capilla del sagrario de la catedral como de la viceparroquia de San Ignacio, gastó 11.268 pesos y cuatro reales. En la erección de Vicario Capitular habida después de la muerte del obispo Azamor (2 de octubre de 1796) obtuvo igual número de votos que Tubau y Sala, pero, como era Cura de la Catedral, el Cabildo se decidió por éste. El Dr. Arroyo, entonces, protestó y le entablo querella. La cédula real del 13 de marzo de 1798 vino a ratificar la decisión del Cabildo.

El 2 de noviembre de 1803 el rey firmó su presentación a una canonjía de la Catedral. Fue miembro de la Hermandad de la Caridad y de la de San Pedro. Canónigo Magistral. Falleció el 30 de octubre de 1804 (82).

                                                        

Bibliografía, documentación consultada y notas:
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